miércoles, 13 de enero de 2010

EACC, de Santiago Cirugeda

El proyecto se compone de dos células de aproximadamente 50 m2 cada una y que se proyectan desde la fachada del EACC hacia la plaza situada delante. Ambas células se unen mediante un corredor que discurre en paralelo a dicha fachada y que se detiene en la terraza contigua a las oficinas del edificio. El acceso a este nuevo conjunto arquitectónico es independiente del resto de las instalaciones del centro. Dichos espacios, bautizados con sorna el gordo y el flaco, aparecen recubiertos por una piel de casetones de plástico negro que habitualmente se utilizan como módulos de hormigonado, atravesados cada uno de ellos por cuatro varillas metálicas. La parte frontal de estas células habitables aparece acristalada en toda su superficie, lo cual las convierte en espacios públicos o semipúblicos dependiendo del uso y de la voluntad de sus ocupantes. La percepción óptica de la prótesis de Cirugeda, como si de una estructura orgánica vibrante se tratara, viene dada por un principio de economía y desplazamiento respecto a los materiales que la conforman. Esta piel de volúmenes industriales y asaetados, de factura casi artesanal, puede leerse además como comentario irónico sobre el (ab)uso de lo high-tech en gran parte de la producción arquitectónica actual.

Aún tratándose de una intervención de carácter temporal, su construcción y puesta en escena se aproximan a la idea de arquitectura y, por tanto, convierte a su autor en arquitecto. Obviedad que merece la pena precisar conociendo las estrategias y métodos de los que se sirve Cirugeda para plantear su trabajo. El proceso constructivo, tal y como viene siendo habitual en sus proyectos, se basa en el principio de una fórmula o patrón aplicable a cualquier otra situación arquitectónica previa. Bajo el esquema organizativo Recetas Urbanas, que el artista pone a disposición de los potenciales autores de estas soluciones constructivas, se establece un repertorio de funciones y responsabilidades que van desde la arquitectura (el arquitecto), la edificación (el constructor, los operarios), el tejido social (los usuarios), la subversión urbana (el okupa)… todos ellos agentes que han de establecer sus propias leyes y accionar nuevos dispositivos de choque en el ámbito de las legalidades urbanas.

A través de un vocabulario arquitectónico estridente con el contexto urbano que la rodea, esta intervención, que parasita la fachada más pública del edificio preexistente, constituye una verdadera declaración de intenciones sobre el papel y responsabilidades de la institución museística. Entendida la ciudad como marco definitivo de actuación -no sólo por sus capacidades como posible escenario en el cual intervenir sino sobre todo por constituirse como una red compleja de situaciones, de confluencias y desencuentros, de energía social en definitiva- esta prótesis o parásito construido representa no sólo una antesala de reunión y negociación sino también un espacio de resistencia.

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